Estaba jodido.
A pesar de haberse tomado varias botellas de alcohol, que le harían merecedor del campeonato de envenenamientos, aún seguía en sus cincos sentidos; no en lo máximo, pero aun podía ver con relativa claridad la pared. Resopló molesto. Bebía para poder olvidar... ¿Cómo carajo iba a hacerlo, si el alcohol ya no era suficiente?
Con enojo, tiró la botella aún medio llena al suelo.
Si la tierra iba a convertirse en un infierno, mejor lo hubieran dejado abajo, porque claramente en esos instantes no veía la diferencia.
Él no mereció ser sacado del infierno, y el destino se lo estaba demostrando.
Quizás seria mejor abandonar…
Esta vez dudaba que lo revivieran, ya no era útil. Sonaba bien.
Sin más, tomó la primer arma que encontró, que resulto ser un cuchillo. Lo miró unos instantes con curiosidad. Un arma que le ayudó a derrotar demonios, podría mandarlo con ellos. Sin siquiera una ceremonia, llevó el filo a su muñeca izquierda, y aplicó la fuerza necesaria para hacer un corte profundo. El liquido pronto estaba corriendo.
- Eso es malo – murmuró una voz infantil a poca distancia, mirando con curiosidad la herida.
Reaccionó empujando el cuchillo a la persona intrusa.
- ¡Cuidado con esa cosa! – era una niña de diez años, que cayó al suelo tras evitar el golpe.
- ¿Quién eres tú? – preguntó pensando en cualquier peligro acercarse; una pequeña parte de su cerebro se preguntó si ya había perdido bastante sangre para que alucinara.
- Soy tú hija – afirmó la niña, sin lugar a replicas, mientras se ponía cómoda en el suelo, sujetando sus piernas con sus brazos; tenía el pelo castaño oscuro y poseía unos grandes y brillantes ojos marrones.
- Si, claro… – murmuró con burla, un poco más pesado que de costumbre; la sangre perdida empezaba a surtir efecto –. Creo que regresaré al infierno de donde nunca debí haber salido, hoy – señalando obviamente la herida.
La niña inclinó vagamente la cabeza.
- No creo que merezcas ir al infierno, papá – mencionó la pequeña, cerrando los ojos –. Tú siempre dices que las personas malas van al infierno, y tú no eres malo, cuidas de nosotros – él no pudo evitar notar el plural de la declaración –. Me enseñas a conducir la bicicleta, me compras helados y me das muchos abrazos – terminó de decir con una gran sonrisa.
Realmente pudo imaginarse las escenas antes mencionadas con absoluta facilidad.
- El tío dice que eres el mejor hermano mayor del mundo. El abuelo dice que eres un cabezota, pero noble – la sonrisa de la niña se ampliaba cada vez más -. ¡Eres el alma más brillante del mundo! –
Una gran tristeza lo embargó: cayó en la cuenta de que la niña usaba nombres de personas que ya no estaban. Su vista se hacia borrosa.
Con un poco de esfuerzo, levantó la mano y toco la mejilla de la niña, quien se acerco feliz por el gesto.
- No eres real, ¿verdad? – preguntó resistiendo cerrar los ojos.
- Eso nunca lo sabrás si te rindes – murmuró la pequeña amablemente, mientras le tocaba la muñeca herida –. Yo aún puedo ser real – dijo sonriendo mientras desaparecía frente a sus ojos.
Cerró los ojos, y suspiró. Al abrirlos, se dio cuenta que ya no se sentía mal.
Revisando la muñeca se encontró con que estaba curada y sin cicatrices.
Desconcertado, se preguntó si lo que había visto había sido real. ¿Se quedó dormido mientras se ahogaba en alcohol? El cuchillo y su ropa aun tenían sangre…
Al abrir la mano derecha, la cual acarició a la niña, se encontró con una gran pluma blanca.
"Aun puedo ser real"
Recordó su declaración. Tomó la pluma y la apretó. Quizás sea una esperanza tonta, pero como dice el dicho: “mientras aún haya tiempo, aún hay esperanza, y la esperanza es lo último que muere.”
Y por eso, merece la pena el mínimo intento.
